En la superficie del presente

Por Fernando Poó

domingo 26 de junio, 2022

Si yo pienso que la acción social es una acción simbólica, que está construida desde símbolos, eso me permite asumir que el repertorio de ideas, acciones, palabras, objetos que tienen valores, son el objeto de estudio y en realidad no importa dónde se estudien.
Pablo Wright

El artista gráfico René Merino publicó en su cuenta de Instagram una ilustración en la que puede leerse la siguiente afirmación: “hay tanto que no conocemos de nuestras ciudades”. Merino se refiere a historias ocultas, personas y lugares desconocidos. En Mar del Plata tenemos de eso. Hay kilómetros de túneles subterráneos a los que accede un puñado de trabajadores de la compañía de agua. Se dice que otro túnel, mucho menos extenso, conectaba las casas de Victoria y Silvina Ocampo y que fue cerrado hace no mucho tiempo. En las inmediaciones de las calles Salta y Gascón quedan rastros de lo que supo ser el molino Luro. Por allí corría el arroyo Las Chacras, uno de los arroyos que cruzaban la ciudad y que fue entubado a principios del siglo pasado. A este y otros arroyos les debemos las dos diagonales que cruzan el centro de la ciudad, la construcción de la casa del puente y el trazado del barrio Bosque Alegre, donde solía haber un lago alimentado por el arroyo del Tigre. De las construcciones que daban marco a ese lago sobrevive, en la plaza del barrio, parte de la estructura de un puente. El Cementerio de la Loma tiene tumbas centenarias, sin embargo, no fue el primero de la ciudad. Antes de su construcción los muertos se enterraban en un terreno detrás de la Capilla Santa Cecilia en la loma homónima. Allí, todavía, pueden encontrarse los restos de algunas lápidas.

Los lugares, nombres e historias se acumulan, aun para una ciudad tan joven como Mar del Plata. Sin embargo, no es necesario mirar hacia atrás para encontrar un continente negro, hay mucho en la superficie del presente que también nos afecta.

Imagine que viaja. Intente ser extranjero. Lleve sus costumbres, pero dispóngase a que lo sorprendan otras. Llénese, antes de salir, de espíritu antropológico. Siéntase como un etnógrafo antes que como un turista. Es decir, prepárese para entender cómo viven los lugareños, para sentir como ellos. Tome notas, escritas y mentales. ¿Qué es lo primero que conoce de una ciudad cuando llega a ella? Antes de seguir leyendo piense un momento. Recuerde que no es solo un turista.

Si esto fuera un concurso, usted hubiese recibido un premio si su respuesta señalaba que lo primero que conocemos de una ciudad es su tránsito. Más específicamente, desde un punto de vista material, su infraestructura vial; y desde una perspectiva antropológica, su cultura vial. La cultura vial es un sistema moral práctico, no escrito, no abstracto, practicado, negociado y adquirido a través de la socialización. El sistema normativo oficial puede estar incluido en ese sistema práctico, llevarse bien con él o no, puede ser ignorado o respetado. Es durante el proceso de socialización que aprendemos que debemos hacer, a qué velocidad circular, quién pasa primero, cómo comportarnos como peatones, ciclistas, conductores de moto o de auto. La socialización siempre se realiza dentro de grupos pequeños y en contextos acotados. No nos socializamos en un país, sino en una familia, en una escuela, en un barrio o en una ciudad que están dentro de un país.

Cuando estamos inmersos en una cultura es difícil percibir sus efectos. Para hacerlo es necesario tomar un punto de vista extraño, es decir, el de quien mira desde afuera. Es fácil que eso ocurra cuando nos deslocalizamos, es decir, cuando nos volvemos más o menos extranjeros. En ese momento podemos darnos cuenta de que aquello que creemos natural no lo es tanto.

En el tránsito, puede pasar que ser peatón signifique tener prioridad de cruce en cualquier esquina, en cualquier tramo de la calle, en cualquier momento; que las velocidades de circulación sean menores; que los conductores no peleen por imponer sus autos en las bocacalles; que apenas hagan falta semáforos para ordenar el flujo de vehículos; que circulen menos motos, menos o más bicicletas; que el movimiento de los vehículos refleje menos apuro; que estemos menos en riesgo. Podemos acostumbrarnos a esas diferencias en un lapso breve. Si tenemos tiempo, podemos entender su origen y adaptarnos. Sin embargo, volveremos a ser lo que éramos ni bien regresemos a nuestro lugar de origen. La identidad son muchos comportamientos repetidos, a lo largo del tiempo, en un espacio limitado.

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