Sesgos, nada más, entre tu vida y mi vida

Por Fernando Poó

domingo 24 de julio, 2022

Dejadme estar aquí. Dejad que me engañe a mí mismo
haciéndome creer que veo estas cosas
(…) y no que veo también aquí mis fantasías,
mis recuerdos, mis visiones de placer sensual.
Constantin Cavafis

Pienso luego existo, es un hit de la filosofía. René Descartes buscaba un punto de partida sólido para su sistema filosófico cuando llegó a la conclusión de que, si esa sustancia que él era pensaba, entonces existía. Podía dudar de todo, pero no de ser quien dudaba. En su filosofía, el yo, antes que el mundo objetivo, es la base del conocimiento. Ese movimiento le alcanzó a Descartes para poner en duda la autoridad de la Iglesia y fundar la filosofía moderna. Está claro que Descartes podría haber sido publicista, además de filósofo, matemático y científico. Pero todavía faltaban siglos para que la publicidad fuera omnipresente, un dios contemporáneo. El paso del tiempo introdujo cambios en la filosofía y en la ciencia. Entre ellos, la solidez del yo fue puesta en duda. Una de las fuentes de ese temblor es la psicología. A diferencia del yo cartesiano, el de la psicología no es sólido. Se auto-engaña, o, al menos, es propenso a sesgar la información con la que razona y las conclusiones a las que llega.

Los sesgos cognitivos son interpretaciones de los hechos que se alejan de manera sistemática de la evidencia disponible, pero que influyen en la toma de decisiones y en el comportamiento. Pueden estar motivados por la influencia social, los significados culturales, las experiencias emocionales, la biografía, o los atajos en el procesamiento de la información, entre otros. La noción de sesgo implica que la distancia entre los datos de la realidad y su interpretación introduce errores en el razonamiento. Sin embargo, la dinámica entre hechos e interpretaciones es compleja. A veces los sesgos producen resultados positivos. Es decir, son útiles.

Es tentador pensar que somos máquinas racionales, pero no lo somos. Aun así, somos capaces de construirlas y usarlas. En la calle, por ejemplo, usamos máquinas diariamente. Recurrimos a capacidades cognitivas y motrices para hacerlo. También incluimos nuestros sesgos y sin razones. El sesgo optimista nos hace creer que somos mejores de lo que somos. Sin una pizca de modestia, también que somos mejores que los demás. Por ejemplo, cuando las personas viajan como acompañantes piensan que pueden conducir mejor que los conductores. Ese pensamiento se sostiene cuando los roles se intercambian. Además, el futuro se ve con buenos ojos gracias al sesgo optimista. Las desgracias son ajenas, por lo tanto, el riesgo se subestima. De manera paradójica, subestimar el riesgo incrementa la probabilidad de que algo malo ocurra. Otra forma de sesgo es generar juicios generales en base a la experiencia personal. Estos juicios tienden a ser inmodificables. Por ejemplo, si cruzamos un ciclista descuidado, es posible pensar que todos los ciclistas lo son. Del mismo modo, si nunca choqué, puedo concluir que no chocaré. El efecto Lago Wobegon es un sesgo cognitivo solidario con el sesgo optimista. Es el nombre que lleva la creencia por la cual la mayoría de las personas creen que están muy por encima del promedio en casi cualquier cualidad positiva, y muy por debajo en cualquier cualidad negativa. Ese sesgo también se aplica al comportamiento vial.

Descartes creía que el yo que piensa podía evitar la confusión de los sentidos. Pero el yo no está libre de engañarse. Si bien para la salud mental es mejor creer que el futuro será bueno y que tenemos capacidades más que suficientes para resolver tareas con éxito, en el tránsito los sesgos cognitivos pueden tener efectos indeseados. La solución no es aumentar el temor, ni el pesimismo. En todo caso, se trata de saber que podemos engañarnos. Es mejor andar con cuidado y ejercer la duda metódica.

Comentarios