El miedo no es un buen consejero

Por Fernando Poó

domingo 21 de agosto, 2022

*Para Ariel*

La escena ocurre en una avenida. Un auto gris está detenido a un costado. Es de día, no hay banquina ni balizas. Hay vegetación en los bordes del camino. El baúl está abierto. Hay algo adentro, unos paquetes envueltos en plástico. Los autos pasan rápido por los carriles paralelos. Es lo único que ocurre durante segundos. La filmación es estática, el punto de vista está a la altura del auto, como si alguien estuviese parado ahí cerca, mirando, vigilando. Pasan autos, pero no hay personas. De repente, a toda velocidad, ingresa al plano una moto. Es verde y grande. El conductor vuela por encima del auto. Parece un nadador de saltos ornamentales drogado, borracho, sin coordinación. Cae al asfalto como una bolsa sin elegancia. El acompañante se estrella contra el baúl abierto, rebota y cae hacia atrás. Un payaso sin colores. Los dos quedan desparramados y quietos en posiciones imposibles para un cuerpo articulado. La moto es un montón de hierros y plásticos retorcidos. Los fragmentos se esparcen como vidrio estallado.

Mantuve a raya el impulso del rechazo y miré el video más de una vez. Necesitaba entender el vértigo de la escena. Las acciones suceden tan rápido que es casi imposible captar lo que ocurre en un instante. Imaginé al conductor. Me pregunté: ¿por qué no bajó la velocidad? ¿por qué no pudo esquivar el auto? ¿había obstáculos que no podemos ver? ¿habrá visto al auto detenido? ¿por qué estaba ahí? ¿habrán muerto ambos, ninguno? ¿por qué alguien cree que es una buena idea replicar ese video? ¿cuál es el objetivo? ¿convertir el choque en espectáculo? ¿aleccionar? ¿generar miedo?

Provocar miedo para generar alerta y precaución ha sido y es una estrategia utilizada en campañas de prevención para la seguridad vial. Esas iniciativas se sostienen en la idea de que el miedo vuelve a las personas más permeables a las recomendaciones de cuidado. El monto de angustia que generan suele tomarse como indicador de éxito. Si hay lágrimas y algo de horror, la campaña dio en el blanco. Sin embargo, ni las lágrimas ni el horror son el objetivo de una campaña de prevención vial. El objetivo es que las personas modifiquen su comportamiento y que eso impacte en la reducción de los siniestros viales. Cuando el miedo acierta, transmite la severidad del mensaje. Pero, al contrario de lo que se cree, puede provocar respuestas defensivas. A veces, las personas reaccionan ante el miedo negando la veracidad de los hechos que ven, consideran que el mensaje no tiene ninguna relación con ellos, o lo evitan. Las reacciones dependen de distintos factores. Las mujeres responden mejor al miedo que los varones.

En consecuencia, están más dispuestas a cambiar su comportamiento. Los varones jóvenes son el grupo menos permeable de todos. Son, también, los más afectados por muertes viales. Si las personas creen que el peligro no se relaciona con ellos o que, aunque lo esté, no pueden hacer nada para evitarlo, provocarles miedo no sirve para nada. También hay influencias culturales. En algunos países apelar al miedo es habitual. Entre ellos Inglaterra, Australia y los Estados Unidos. En otros, el humor es el medio privilegiado, por ejemplo, en los Países Bajos. Para que tenga efecto, el mensaje debe ser coherente con las costumbres y los usos de cada lugar. En caso contrario puede generar controversia y resultados inesperados.

Apelar al miedo no es un camino en una sola dirección. El efecto que provoca es complejo. Si cree que impresionar es la manera adecuada, antes de hacerlo ponga a prueba su idea. Vea qué sucede en grupos pequeños, observe sus reacciones, obtenga datos, saque conclusiones. Tenga en cuenta que, a veces, el miedo no es un buen consejero.

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