Frutas, Ciencias Sociales y Autovía 2

Por Fernando Poó

domingo 4 de septiembre, 2022

Cuando voy a comprar fruta al almacén de la esquina de mi casa estoy convencido de que la fruta que compro es real, no dudo. El intercambio de dinero que se produce también lo es. El almacenero y yo estamos de acuerdo en eso. La fruta está ahí, en el mundo. Existe más allá de nuestras creencias como humanos. Cuando nos apropiamos de ella agregamos una capa de realidad, la que surge de las prácticas coordinadas de las personas. La fruta se convierte en una mercancía, en un objeto de intercambio que tiene un dueño. Pasará de un dueño a otro siempre que se cumplan algunas condiciones. Una de ellas es que se respeten los valores para ese intercambio. Mi almacenero y yo creemos en cambiar frutas por dinero.

Creemos que, si le doy cierta cantidad de dinero, él me dejará quedarme con cierta cantidad de fruta. Además, un marco normativo nos indica que ninguno de los dos está avasallando los derechos del otro. A diferencia del objeto fruta; el valor monetario, los roles sociales, los comportamientos que de ellos se derivan y las leyes que los regulan existen dentro de un marco de convenciones humanas situadas en tiempo y espacio. En este acto cotidiano se entrecruzan, al menos, dos clases de realidad, una que podríamos llamar natural (con todas las objeciones que pueden hacerse, por ejemplo, la existencia de la agricultura y el comercio) y otra consensual o social.

En ciencias sociales las cosas a veces se complican y el sentido común se retuerce un poco. Algunos cientistas sociales sostienen que la realidad existe en la medida que hay ciertas prácticas discursivas y materiales que le dan forma. Otros, más radicales, dudan de la existencia misma de la realidad. Es decir, no podemos sostener que la realidad existe sin dudar de esa afirmación. Estas versiones se parecen a la ciencia ficción y suelen ser difíciles de explicar y de entender para propios y extraños. Es curioso que, sin serlo, algunas personas se comporten como cientistas sociales radicales.

El límite de velocidad máxima en una autovía es de 120 km/h. Las recomendaciones de seguridad para choques frontales establecen límites mucho más bajos. Más aún, esos límites solo son válidos para automóviles que pasan pruebas de este tipo. Muchos de ellos no lo hacen, entre los que se cuentan varios de los que se comercializan en América Latina. Dicho de otro modo, la velocidad permitida en autovía es superior a la que nos mantiene a salvo en caso de un choque frontal contra un objeto quieto o en movimiento.

Algo similar es válido para los choques laterales. Estas recomendaciones se basan en estudiar el comportamiento de los materiales con los que se construyen los autos. Los autos no son objetos naturales, pero responden a las reglas de la naturaleza igual que las frutas. Por otro lado, el consenso actual de nuestra sociedad dice que circular por encima de los 120 km/h es inseguro para nosotros y para los demás. En la Autovía 2 ocurren realidades alternativas. Es posible que estemos viviendo en la serie The Boys y que el mundo se haya poblado de superhumanos. Que, en casos especiales, las leyes de la física hayan dejado de funcionar. O que existan personas a las que no les importen los consensos sociales, que crean, cuando les conviene, que las reglas están para romperlas. Es posible que, para ellas, toda norma sea una limitación insoportable para la libertad individual y que sea más divertido e instrumental seguir impulsos y deseos. Si usted decide viajar a 150 km/h o más, pruebe aplicar la misma lógica cuando vaya a un almacén a comprar frutas. Llévese, sin pagar y en la cara del dueño, una bolsa llena.

Tampoco le pida que anote su deuda hasta la próxima compra. Si le gusta mucho el vértigo, haga lo mismo, pero con una cantidad mayor, en el Mercado de Abasto. Verifique si la realidad se comporta como a usted le gusta.

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