30° C
Clear
Clear

Por Roberto Garrone - Puerto

Es la (falta de) rentabilidad, estúpido

Los últimos reclamos y movilizaciones colectivas de estibadores portuarios y obreros del pescado tienen un origen común: la crisis que afecta a la flota fresquera de altura.

Por Redacción

viernes 20 de abril, 2018

Por Roberto Garrone.

En las últimas horas la crisis que enfrenta la industria pesquera en Mar del Plata, aquella ligada al procesamiento de pescado fresco en frigoríficos de tierra, rompió el cono de silencio y sus gritos se escucharon como alaridos, bien lejos del puerto.

Los estibadores advirtieron las graves consecuencias que se avecinan en un par de semanas, cuando en hilera los barcos fresqueros de altura zarpen del puerto y viajen cientos de millas más al sur para participar de la temporada de langostino en aguas nacionales.

Si bien no serán 104 barcos como dijo Carlos Mezzamico, es probable que sean 50, un número suficiente para generar una parálisis casi absoluta en la descarga de pescado fresco en los muelles de Mar del Plata.

Son curiosas las peticiones del SUPA y el grado de selectividad con que las hace. En este tiempo no se lo escuchó pronunciar palabra cuando más de diez fresqueros, trampas mediante, se transformaron en congeladores para pescar langostino. Eso sí, todos los aumentos paritarios, en una sola cuota.

Entre los obreros del pescado existe la misma incertidumbre. En la sede del Sindicato Obrero de la Industria Pesquera, sobre la calle 12 de Octubre, se reunieron un grupo de trabajadores, efectivos y precarizados en cooperativas, que desde hace meses sobreviven con salarios garantizados, hundidos muy debajo de los 17 mil pesos que necesita una familia para no ser pobre.

Tanto estibadores y trabadores del pescado sufren una crisis laboral que en unos eslabones delante de la cadena productiva eclosiona por la falta de rentabilidad. Los armadores pesqueros, dueños de las unidades productivas se escapan de Mar del Plata para recuperar aire, obtener dividendos que no reparte la merluza.

Más allá de la devaluación que mejoró los precios del pescado entero hace dos años, la inflación devoró los brotes verdes y los costos internos se tornaron imparables mientras el tipo de cambio volvió a retrasarse al igual que el precio en muelle, cosa que no hace la presión impositiva.

El acceso al recurso tuvo variantes.  Por un lado –positivo- ya no hubo vía libre para la merluza disfrazada de cualquier otra especie que alimentaba circuitos informales. Por otro los armadores consideran que deben flexibilizarse las medidas precautorias en el abadejo y los condrictios para dinamizar una operatoria dormida.

Las autoridades el año pasado intentaron oxigenar el esquema de negocios mejorando porcentajes de los derechos de exportación de pescado fresco procesado en tierra. La medida no alteró la modorra; los barcos siguieron pegados al muelle y los trabajadores coleccionando horas muertas en tierra.

Los 200 millones del fondo fiduciario que generó el acuerdo programático tripartito allá por diciembre del 2016 apenas alcanzó para atender las urgencias de la flota menor. Los armadores de barcos de altura tuvieron una baja en el costo de la ART y reciben ofertas de créditos para adquirir combustible, reparar los barcos y comprar insumos.

Pero operando desde Mar del Plata no tienen estímulos para mover la flota. Y los industriales que procesan el pescado fresco transitan el mismo camino. Producir una tonelada de filet interfoliado tenía, hasta no hace mucho, un costo de 3200 dólares la tonelada. Por venderla y cobrarla, reciben menos de 3 mil.

Hoy lo que prospera es el pescado congelado a bordo que tiene otros costos y otros controles, que permiten hacer elástico el cupo de merluza. El año pasado y el anterior la flota congeladora declaró más merluza que la fresquera. Eso significa mucho menos trabajo en tierra y explica las manifestaciones de las últimas horas.

Acorralados por la suba de costos, en tierra todos aspiran poder comprar la materia prima más barata. Y cuando se ajusta de un lado se desajusta del otro. En las últimas semanas ingresó pescado entero de Rio Negro a un 25% más barato que el descargado en Mar del Plata. Eso obliga a los armadores a salir a liquidar un producto noble pero perecedero al fin.

Mientras no se atienda la crítica situación de la flota fresquera de altura como para que haya barcos que evalúen opciones más tentadoras para quedarse en Mar del Plata y generar el trabajo que ahora falta, las manifestaciones de los últimos días estarán condenadas a repetirse.

 

 

Comentarios