Conventillo incendiado: a seis meses, las familias siguen a la deriva

En la noche del último miércoles 7 marzo, el fuego arrasó con gran parte de las viviendas del complejo ubicado en Chile entre Moreno y Bolívar. Muchas familias perdieron todo. Hoy, sus realidades no mejoraron. A la espera de un traslado incierto y sin plazos, persisten en el intento de recuperar sus hogares. Una historia que duele, reconstruida por El Marplatense.

Por Redacción

jueves 7 de septiembre, 2017

Por Bruno Perrone

Vivimos acá, en una piecita, que era de mi hijo. Con mi marido dormimos en el piso para que tenga lugar mi nieto. A la mañana hay que sacar los colchones afuera. Así estamos. Es un desastre.

Dice Mónica Beatriz, que hace seis meses que lo perdió todo pero que no se resigna. Dice que le agradece a Dios por esa “piecita” que consiguió, que les agradece a sus hijos por la ayuda que le dan, y que, con lo poco que puede y tiene, busca construir otra “casita” en el mismo lugar en el que supo vivir por más de dos décadas.

Mónica integra una de las más de 30 familias que, en pocos minutos, vio cómo su hogar se convertía en una ruina más del fuego que arrasó con todo lo que se propuso en el conventillo de Chile y Moreno, durante la enardecida noche del pasado miércoles 7 de marzo.

La historia de Mónica no parece distinta a la de las otras familias. Es la historia de perder todo y de quedar a la deriva. De escuchar promesas que sólo quedan en intenciones. De esperar una mano del Gobierno, que no llega, no se acerca y se diluye en el tiempo.

“Mi hijo se tuvo que ir a otro lado para dejarme a mí acá. Cuando fue el incendio, estuvimos dos días durmiendo afuera. Decí que ahora tengo esto, porque si no no sé dónde estaría”, explica, en un mano a mano con El Marplatense.

Mónica tiene tres hijos: dos mujeres de 36 y 33 años y un varón de 28, que también le regalaron dos nietos. Hace 24 años que vive en el conventillo que hoy se sostiene en paredes inconclusas, cubierto con techos de chapa frágiles y cables entrelazados, y que se recorre por pasillos en los que se acumula la ropa tendida y donde no faltan restos de escombro y materiales. Un fiel reflejo del vivir cotidiano y del inagotable esfuerzo de las familias.

“Todo lo que tenemos es por el trabajo de mi marido que está en una funeraria y el apoyo de mis hijas que trabajan, que me ayudan a construir”, insiste. Y agrega: “Cuidamos lo poco que tenemos, así hay que estar en el día a día”.

Para María Figueroa, otra víctima del incendio, los problemas siguen siendo los mismos. En realidad, se agregan y se agravan. Porque con las últimas precipitaciones que azotaron a la ciudad, a ella se le llueve la casa y casi que es una odisea evitar que sus tres chicos y el hijo de su pareja no se mojen. Pero ya tiene una estrategia.

“La mitad de la casa está sin techo, entonces todo queda lleno de agua. A los dos hijos chiquitos, los tengo que mandar a la cama de atrás cuando llueve porque hay dos piezas en las que no entra la lluvia. Pero el problema es la del medio, que es donde se gotea”, indica.

Unas paredes altas y sin revoque, de reciente construcción, trazan las divisiones de los pequeños y oscuros cuartos. Colchones, ropa y lo poco que se pudo rescatar, es lo que se amontona en las habitaciones. La bienvenida a la casa, sin embargo, la da una cocina verdosa. “Todo esto lo hemos levantado con esfuerzo propio, con nuestro trabajo”, enfatiza.

Otro relato de pérdidas con nombre propio es el de Mario, oriundo de Santa Fe. Llegó con tan sólo 5 años al conventillo del barrio Don Bosco y ya lleva 27 viviendo él. Cuando las llamas le consumieron la casa en aquella noche, lo único que pudo salvar fueron las mascotas. “Sacamos a los perros y, por suerte, al gato lo pudo rescatar un bombero”, comenta.

“Empezamos de a poco. Tratamos de construir nuestras casas como podemos para acomodarnos. Nos costó un montón arrancar porque nos quedamos sin nada. Todos perdimos todo”, asegura.

Mario remarca que fue gracias a sus hermanos y amigos que logró reconstruir parte de lo perdido. Pero le despierta profunda preocupación la realidad que atraviesa a sus vecinos: “Se hace muy difícil verlos a ellos. Te desespera ver a algunas familias que no pueden salir adelante. No sabés qué hacer. Le querés dar una mano y no tenés nada. Usamos las pocas herramientas que nos quedaron, pero no tenemos ni material para construir”.

Alejandra tampoco es ajena a ese contexto preocupante que persiste tras el incendio. Hace cinco años que vive con sus tres hijos y su esposo. Pero en estos meses, después de perder su vivienda, señaló que “viven precariamente”. “Se nos inunda mucho la cloaca. Hemos llamado a los camiones para que se arregle pero con las lluvias se complica más. Los caños tienen escombros y por eso pasan estos problemas”, advierte.

Para ella, fue fundamental la solidaridad que hubo por parte de la comunidad a los pocos días del siniestro, ya que eso le “permitió reconstruir parte la casa”. “Lo que nos hace falta ahora son cosas de higiene y hay otras familias que siguen necesitando muebles y cosas así”, indica.

LA ASISTENCIA DEL GOBIERNO, DEFICIENTE

Si bien en las primeras semanas que sucedieron al incendio se materializó la llegada de chapas y otros materiales, un cuestionamiento común que se desprende de las voces de las familias es la asistencia. Que para algunas fue “insuficiente” y que, para otras, directamente nunca llegó.

“Nos prometieron que nos iban a dar unos terrenos y todo. Con chapas y tirantes, para poder construir algo. Yo nunca recibí nada”, apunta Mónica, que explica: “No hay respuestas, y estamos desesperados porque somos 8 en la familia, y mirá dónde estamos viviendo”.

En sintonía, Mario remarca las grandes falencias que aún afrontan las familias damnificadas y, ante la consulta por la entrega de materiales, es sintético: “Hay gente que hoy no tiene ni para construir”. “Fue y no fue la asistencia. Nos faltan muchas cosas”, dice.

María, sin embargo, aclara que en los primeros meses recibió cierto auxilio a través de la Secretaría de Desarrollo Social de la comuna. “Nos dieron un poco de tirantes, chapas y mercadería. En los primeros tres meses nos llegaron a dar algo”, afirma. Pero añade: “Ahora, en este último tiempo, nada. No hubo nada”.

DE TIERRAS Y DESTINOS INCIERTOS

Las personas que habitan el conventillo del barrio Don Bosco no sólo viven en condiciones más que precarias: viven profundamente marcadas por la incertidumbre. Y en una espera constante.

A mediados de junio pasado, Vilma Baragiola, quien por ese entonces estaba al frente de la cartera de Desarrollo Social, le había asegurado a este medio que ya estaban los más de 16 lotes para reubicar a las familias, en diferentes barrios del oeste, el sur y el norte de la ciudad.

La ex funcionaria aclaró que sólo restaban algunas tramitaciones en la Secretaría de Obras y Planeamiento Urbano para ultimar detalles y comenzar con el traslado. Sin embargo, las gestiones con Nación para definir la construcción de los módulos habitacionales se dilatan, y aún hoy, a seis meses del siniestro, no hay certezas ni plazos.

“Estamos con una incertidumbre de no saber qué hacer, de si seguimos construyendo nuestra casa acá o si vamos a los terrenos, pero la verdad que son todas promesas. Mucho no sabemos. Estamos en el veremos, y seguimos esperando”, cuestiona al respecto, Mario.

Al puntualizar sobre los lugares en los que se concretarían los traslados, Alejandra también mostró preocupación al manifestar que “todavía no se ha informado nada”. “Son en distintos lados pero no se sabe. No hay plazos. Y es una urgencia porque acá no se puede ni vivir. Estamos acá porque no hay otro lado para vivir”, reconoce.

En tanto, María recordó que “hace tres o cuatro meses” se acercaron al conventillo para informar sobre la entrega de los nuevos lotes a las familias. “Nos dijeron que no los iban a dar divididos, para dos o tres familias, pero el tema era que no tenían luz ni agua. Nada”, advierte.

“Supuestamente en 6 meses nos iban a dar una respuesta, pero no hemos tenido novedades. Sé que estas cosas llevan tiempo pero no sé si tanto”, se pregunta la vecina, ante las demoras.

El principal reclamo en el que hizo énfasis María tiene que ver con la “falta de respuestas” por parte de las autoridades locales. “Quedamos en la nada y no viene nadie a contactarnos, para decirnos que va a pasar esto o lo otro. Ni siquiera eso. Estamos muy preocupados y a la espera de la casa. Es lo más urgente. Lo que más precisamos”, concluye.

Las historias de vida que se encuentran en el conventillo de Don Bosco duelen, y las reconstruye El Marplatense para que no siga pasando el tiempo en ese recóndito lugar donde habita el olvido, que en sí mismo es tan doloroso como las historias e incierto como el futuro que puede traer otra desgracia.

 


 

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